domingo, 20 de mayo de 2012


SIRPA.
Desaguisado tras desaguisado
Los hechos ocurridos en el mes de mayo en el SIRPA, a los que se suman los ocurridos en el mes de abril, llevaron a diferentes cambios en Colonia Berro y tal vez en otros hogares de Montevideo, según trascendidos de prensa.
Renuncias de autoridades, remoción de cargos de responsabilidad, y nuevos funcionarios llamados a ocupar los lugares dejados por los “renunciantes”; en fin, nada nuevo bajo el sol. La creación de funciones encargadas, que transforma a los funcionarios en fusibles intercambiables ante cada crisis que sufre el sistema de seguridad penal juvenil, permitido por el modo de acceder a  encargaturas dadas a dedo, hace posible que se continúe con un sistema perverso y de muy malos resultados para los trabajadores y para el funcionamiento institucional. Este modo de dar funciones encargadas a conocidos, fomenta el amiguismo, no mejora los servicios sino que los empeora, y entorpece la creación de la carrera funcional administrativa como indica la ley. ¿En que quedó la promesa de que todos los cargos de responsabilidad se iban a realizar mediante concursos abiertos?
Seguimos trabajando en pésimas condiciones, en un régimen que destruye a los trabajadores, los enferma, y la inseguridad se profundiza aunque se construyan más perimetrales, se pongan serpentinas tipo campos de concentración, alambres de púa, y guardias perimetrales del Ministerio del Interior que en los momentos precisos muchas veces no están.
El contexto social también colabora para que todo se desbarranque. Los políticos y los grandes medios de comunicación masiva, junto al Poder Judicial se atraviesan de forma negativa generando una crisis en el Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente, que debido a la presión constante sufrida, se resquebraja y se cae en medio de la carencia de recursos humanos y materiales necesarios para realizar las funciones educativas, de contención psicológica y material de los jóvenes atendidos con la eficacia necesaria, en tiempos en que aumentó en un 56% la cantidad de  niños y adolescentes presos en nuestro país.
La derecha ha impuesto en el contexto social su ideología punitiva que influye en el pensamiento de los cuatro partidos políticos con representación parlamentaria, y se prepara para una ofensiva final en contra de los proyectos democrático-populares, imponiendo en  su trabajo de masas a través de los medios de comunicación la sensación de inseguridad pública, la necesidad de la baja de imputabilidad de los jóvenes de 18 a 16 años de edad, penas más duras para los adolescentes, la construcción de más cárceles y hasta la intervención del ejército en tareas de seguridad ciudadana. Todo eso con la anuencia de un gobierno “Progresista”, cuyo timonel no tiene un rumbo seguro a seguir y  en su pragmatismo, termina casado con la derecha más reaccionaria y de cuclillas ante el imperialismo que le impone las políticas económicas generadoras de dependencia, desmantelando la salud pública,  la educación, extranjerizando la tierra productiva para inversiones en mega minería a cielo abierto, para el complejo forestal-celulósico, para plantaciones de soja transgénica, y recortando los salarios y las jubilaciones, haciendo que los trabajadores paguemos los efectos de la crisis capitalista mundial. Nada queda del proyecto de país productivo con justicia social que fue la bandera frenteamplista en la campaña política que lo llevó a  acceder a dos períodos de gobierno. Y lamentablemente, la mayoría de la dirigencia del movimiento sindical ha entregado la  independencia de la clase, y evita movilizar a las masas de trabajadores para resistir la ofensiva que desde el poder se pergeña, atacando los derechos de los trabajadores del Estado, en una clara flexibilización laboral y una precarización de la estabilidad laboral.
 El permitir atar el salario al compromiso de gestión, que no significa ni más ni menos que instalar la productividad en el empleo rompiendo de esta manera la idea de que a igual trabajo se pague igual salario, es otra perla del mismo collar, como lo es no pelear en serio contra la ley de participación público-privada, que no es otra cosa que privatizar servicios que brinda el estado mediante tercerizaciones de servicios o sociedades inconvenientes con privados, hechos que  también tienen consecuencias en la generación de más pobreza y marginación.
Los trabajos de inclusión social que también se deben realizar en nuestra institución, pensamos que no se adecuan a la situación social que estamos viviendo, y genera mayor cantidad de adolescentes en reclusión. Si fallan los sistema se seguridad en el encierro, también fallan los sistemas preventivos que evitarían que muchos jóvenes ingresaran al sistema, y también se está trabajando mal en los sistemas de sustitución de medidas a la privación de libertad, porque no existen los controles necesarios con los convenios para tener una información de primera mano en cuanto a los proyectos de inserción social, laboral y educativa que se deberían llevar a cabo, ni los trabajos en cuanto al seguimiento y apoyo familiar para evitar la reincidencia en la infracción juvenil.
Nos llegan noticias de renuncias y cambios; algunos pedidos, otros conminados por las autoridades. Pero el barco sigue con un rumbo trazado en los papeles, que nunca se llega a concretar. 15 millones de dólares salieron de Presidencia de la República para hacer que el SIRPA funcione. Decimos que si aún no ha echado a andar, no es por falta de compromiso de los trabajadores ni por falta de dinero, sino que se debe a que en cada cambio de mandos medios y no tan medios, el que viene es más inútil que el que se va, y los que realmente saben  hacer las cosas, o se enferman por una situación que los expone permanente al stress laboral, o porque los apoyos prometidos desde la institución se demoran demasiado o nunca llegan.
Por eso exigimos la formación permanente de los trabajadores, para que en un mediano plazo, tengamos cuadros profesionales que puedan tener mejor discernimiento y sentido común a la hora de tomar decisiones. No existen trabajadores con formación específica para la contención física de los jóvenes privados de libertad. No existen funcionarios guardia cárceles en el INAU ni siquiera en el SIRPA. Menos abundan los trabajadores con capacidad de dirigir los centros de privación de libertad; ese es un gran problema que tienen las autoridades también.
Es necesario un cuerpo de funcionarios especializados en educar socialmente a los jóvenes, especializados en talleres de inserción al mercado laboral mediante la enseñanza de oficios y docentes de primaria y secundaria para que los jóvenes ingresen o continúen sus actividades educativas formales, educadores sociales para educar en la convivencia en lo social amplio, educadores de taller que ayuden a desarrollar las aptitudes que cada joven tenga, para destacarse de alguna manera en actividades culturales, recreativas, deportivas, etc. , y también un cuerpo de funcionarios (diferente), cuya función sea de  guardia-cárceles que intervengan en la contención física de los internados. Dese ya, pensamos en una institución que se prepare para eso de una vez por todas, y que las promesas de cambio no queden en eso, solamente en promesas como viene sucediendo hasta ahora.
Hay una reestructura institucional en ciernes, que hasta el momento lo único que conocemos es un borrador que refiere a la escala jerárquica. Nada se expone en esa reestructura en cuanto a contenidos. Que debe hacer y cómo debe trabajar cada centro referente a lo educativo. Nos preocupa la poca intervención del sindicato en este tema. No se da la discusión en nuestra interna al respecto, por lo que sacamos en conclusión de que hay muy poco interés de escuchar la voz de los trabajadores en este tema que es de primordial importancia. Agregamos que en el borrador de reestructura, no figura el SIRPA dentro del INAU, y les recordamos a los compañeros que es decisión del Sindicato en Plenario Nacional de Delegados, órgano máximo de Dirección del Gremio, luchar por la no separación de SIRPA del resto del INAU.
Debemos crear instancias de discusión entre todos los trabajadores sobre todos estos temas, y ni siquiera sale el periódico gremial, lo que obtura las posibilidades de hacer circular la información y generar opinión en los trabajadores y también movilización de defensa de nuestros intereses.
                                                                    Jorge Pérez. Mayo 2012

domingo, 6 de mayo de 2012


La “Corriente Sindical Clasista”. Lista 917,
participa en los sindicatos junto a los trabajadores.

 Debido a que hoy está instalada la polémica en las organizaciones políticas de la izquierda revolucionaria, sobre el tema si debemos participar en los Sindicatos y en el PIT-CNT, donde son mayoría los oportunistas de toda laya, y agentes del gobierno frenteamplista, queremos expresar nuestra posición al respecto, con la fundamentación teórica que la sustenta.
En ese sentido citaremos a quien fuera uno de los más grandes revolucionarios de la historia, fundador del partido del proletariado de toda Rusia, guía de la primera revolución socialista del mundo y que fundara la Unión de  Repúblicas Socialistas Soviéticas, Vladimir Ilych Ullianov, (Lenin).
Dice Lenin sobre el tema de los sindicatos: “Los sindicatos fueron un progreso gigantesco  de la clase obrera en los primeros tiempos del desarrollo del capitalismo, por cuanto significaban el paso de la dispersión y de la impotencia de los obreros a los rudimentos de la unión de la clase.
Cuando empezó a desarrollarse la forma superior de unión de la clase de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado (que no merecerá este nombre mientras no sepa ligar a los líderes con la clase y las masas en un todo único e indisoluble), los sindicatos comenzaron a manifestar fatalmente ciertos rasgos reaccionarios, cierta estrechez gremial, cierta tendencia al apoliticismo, cierto espíritu rutinario, etc.
Pero el desarrollo del proletariado no se ha efectuado, ni ha podido efectuarse en ningún país de otro modo que por medio de los sindicatos y por su acción conjunta con el partido de la clase obrera”. *
En otro párrafo escribe Lenin: “No actuar en el seno de los sindicatos reaccionarios significa abandonar a las masas obreras insuficientemente desarrolladas o atrasadas a la influencia de los líderes reaccionarios, de los agentes de la burguesía, de los obreros aristócratas u obreros aburguesados”. **
Estas palabras de Lenin son nuestra guía para la acción en estos momentos, en donde el oportunismo y los agentes del gobierno enquistados en el movimiento sindical, dominan las direcciones de los sindicatos en su gran mayoría. Mientras que por otro lado, al igual que los comunistas alemanes de la época de Lenin, hoy en nuestro país, compañeros de ruta están planteando que hay que irse del PIT-CNT, y trabajar para fundar otra central de trabajadores, cuestión que no se vislumbra en la realidad como una condición objetiva que nos mandate a realizar tal obra. Tampoco está en la cabeza de las grandes masas, ni de organizaciones sindicales poderosas, alejarse de la Convención de Trabajadores.
La tarea que sí está planteada, es dar la lucha permanentemente por la conformación de agrupaciones combativas, discutir con los obreros y trabajadores en general las líneas de independencia de clase que hay que reforzar, tratar de ganar las direcciones de los sindicatos donde existan fuerzas, trabajar para unir a las organizaciones revolucionarias dentro del movimiento sindical, formar cuadros sindicales para que dirijan en los gremios, plantearse acciones independientes de los oportunistas marcando la línea correcta para dinamizar las luchas de los trabajadores, y difundir nuestra ideología y nuestras tácticas y estrategias en el seno del movimiento sindical.
Es importante que se vaya construyendo una corriente clasista que abarque a todo el movimiento sindical, que trabaje en su seno y vaya conformando el músculo necesario para llevar adelante movilizaciones importantes en defensa de los intereses de los trabajadores.
Hoy tenemos que lidiar con aristócratas obreros, oportunistas, agentes del gobierno, dirigentes con estrechez gremial, con tendencias al apoliticismo, con espíritu rutinario, todos descriptos por Lenin ya a principios del siglo veinte. Hoy eso no ha cambiado, los gobiernos reformistas de nuestra Latinoamérica, han cooptado de diferentes formas a cientos de dirigentes sindicales para mantener la paz social, y evitar la lucha en contra de sus políticas reaccionarias, pro imperialistas.
Estos tipos de dirigentes, a lo largo de la historia del movimiento sindical uruguayo han existido y generalmente han mantenido su hegemonía dentro de los sindicatos. Y nosotros hemos actuado en las mismas organizaciones sindicales sin ser sus aliados, en lucha permanente contra sus concepciones revisionistas, economicistas, etc., en permanente ligazón con las masas trabajadoras, dando nuestra visión de las cosas, nuestras posturas en los diferentes conflictos, y explicando por qué manejamos la ideología que propagandeamos, y por qué decimos que la lucha de clases es la única garantía de cambiar definitivamente el estado de cosas que sufrimos y que son propias de la sociedad capitalista.
Hoy los oportunistas dirigentes del movimiento sindical, aceptan prebendas y regalías de los organismos internacionales de crédito como el BID, al igual que el gobierno frenteamplista. Y por eso se escuchan voces de vez en cuando  diciendo que se deben tener conversaciones y relaciones para afiliarse con la CIOLS-ORIT, la central yanky, economicista subordinada al capital, y garra del imperialismo enquistada en el movimiento obrero internacional. Eso era impensable en otros años anteriores a la Dictadura militar, ni los revisionistas de la peor calaña se animaban a plantearlo, como se plantea en estos tiempos de forma tan desembozada. Por fortuna no han logrado dar ese paso en la práctica todavía, manteniéndose la independencia de nuestra Convención si afiliarse a ninguna corriente internacional de ese tipo.
¿Por qué debemos romper con los organismos internacionales de crédito pergeniadas por los países imperialistas que sojuzgan a los pueblos del tercer mundo? ¿Por que debemos implementar una política soberana en lo económico, desarrollando mercados internos fuertes y diversificar la producción y apuntar hacia la construcción de la industria pesada, fabricación de maquinarias y buscar un desarrollo sustentable de energía propia, que permita cortar lazos de dependencia como forma de lograr soberanía política?
Porque sin esas medidas no habrá distribución justa de la riqueza de manera alguna.
Sabemos que ese no es un camino fácil;  que tiene las dificultades que tiene porque es lo único que garantizará la liberación nacional en tránsito al socialismo, y marca el fin de la dominación imperialista y de la oligarquía criolla aliada a él. Y las medidas revolucionarias que hay que tomar son de difícil implementación, (por no decir imposible), sin el apoyo y participación de las masas trabajadoras. Y es por eso también  que no debemos abandonar los sindicatos por más elementos reaccionarios que subsistan en ellos.
Y en el plano político, no debemos dejar de tener cuidado para no repetir historias que hemos vivido. Acá no se trata de construir otro Frente Amplio. Asamblea Popular, como otras organizaciones de izquierda son un frente político para dar la lucha electoral y parlamentaria, tarea que también debemos tener presente.  Pero las luchas gremiales y sociales  que se dan a través de sus diferentes organizaciones, no son de menor importancia para que se desarrollen concepciones de nuevo tipo, para que los cambios estructurales necesarios en nuestro país se produzcan, sino que más bien deben ser hoy el eje central de nuestros esfuerzos.
Jorge Pérez.     Mayo de 2012.
* Lenin. Obras escogidas. Tomo 3. Pag. 396. “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”.
**Idem. Pag.399.

sábado, 5 de mayo de 2012


CUANTO PRESUPUESTO TIENE EL INAU,
¡Y CÓMO TRABAJAMOS LOS FUNCIONARIOS!!!

En los últimos tiempos, en Colonia Berro y otros hogares del SIRPA de Montevideo, sucedieron hechos que hacía cerca de un año no ocurrían. Fugas, intentos de fugas, un motín, y lo de siempre; la inseguridad de estar trabajando con jóvenes en completo hacinamiento y con poco personal y carencia de recursos materiales suficientes para realizar nuestras tareas.
Sin embargo, queremos presentar el verdadero panorama que existe en nuestra Institución, a los efectos de que todos tengamos presente, de dónde salen las dificultades y que en estos momentos sin razones aparentes, seguimos trabajando en condiciones deplorables de trabajo y en permanentes situaciones de riesgo y exposición permanente a hechos de violencia e inseguridad en el trabajo.
Con esta intención, comenzaremos exponiendo  que el presupuesto del INAU se incrementó en más de 50 millones de dólares en el 2011 en comparación con el 2010, según las memorias anuales de la institución. Aumentaron casi al doble los gastos de funcionamiento y se triplicaron las inversiones.
Todo esto muestra un intento del gobierno de sacarse de encima, uno de los problemas mas grandes que tuvo en los últimos años y para el cual no ha podido encontrar solución verdadera, y es la atención con resultados eficaces a los jóvenes en situación de riesgo social. Las internaciones de  niños y adolescentes por infracción a la ley penal, se incrementó en un 56% en los hogares del INAU en el 2011 en comparación al 2010.
En el año 2010, el INAU gastó 3.700 millones de pesos, mientras que en el 2011 4.700 millones de pesos, lo que hace una diferencia de 51 millones de dólares de un año a otro.
Según esta memoria anual de la Institución, uno de los ítems más importantes de las erogaciones del INAU es el pago de salarios a los 4.461 funcionarios que tiene el organismo, de los cuales 838 atienden a menores infractores a la ley penal. Los trabajadores percibieron en el 2011 unos 1800 millones de pesos por concepto de retribuciones, una cifra similar a la de 2010, lo que desmiente que haya habido un buen incremento salarial en el período. Además el instituto  destinó 70 millones del rubro cero para el pago de retiros incentivados en el correr del 2011. A esto debemos sumar, el número de cargos de confianza creados, las encargaturas generadas en diferentes centros, lo que lleva a que sea injusta la distribución de la masa salarial de los funcionarios, y quienes trabajan día a día manteniendo los centros de trabajo ejerciendo las funciones de atención directa, sean los que menos obtienen de esa masa salarial, obteniendo alrededor de unos 14 mil pesos mensuales líquido promedio, mientras que los cargos de confianza y los directores y jefes de las distintas áreas del INAU se llevan suculentos sueldos que promedian los 45 mil pesos.
También subieron los gastos del INAU las partidas para el pago de convenios con ONGs que atienden a niños y adolescentes. Si se comparan con los dos últimos años, éstos se incrementaron de 1600 millones de pesos en 2010 a 1800 millones en el 2011. En este sentido, el sindicato debe reforzar la línea en contra de las tercerizaciones, y de esa forma, tener la posibilidad de mejorar los servicios, con mayor cantidad de personal y recursos materiales del Estado para trabajar con los jóvenes en un sentido educativo y de verdadera inserción  social y laboral.
Las memorias anuales indican un fuerte incremento en los gastos de funcionamiento en el correr del año pasado, que pasaron de 340 millones en el 2010 a 600 millones en el 2011, mientras que las inversiones pasaron de 52 millones de pesos a 212 en el mismo período. Además el Directorio del INAU destinó 300 millones en el 2011 para la atención a la salud de los jóvenes menores de 18 años, en Clínicas psiquiátricas, atención de adicciones y medicamentos.
Pese a todo este incremento del presupuesto del INAU, el Ministerio de Economía debió destinar 64.800 millones de pesos (unos 3.300.000 dólares) para que el organismo no incurriera en déficit el año pasado.
El INAU recibió una asignación de fondos de Presidencia de la República, de 15 millones de dólares (300 millones de pesos), para que el Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente SIRPA, creado oficialmente el 10 de abril construya nuevos hogares y se hiciera posible un nuevo llamado de personal afectado al sistema.
Todo esto se da en un contexto en el cual, todos los partidos con representación parlamentaria, están en medio de  una lucha política tratando de sacar réditos en torno a la seguridad pública, y al tratamiento de la minoridad en situación de riesgo social. En este marco, Vamos Uruguay del Partido Colorado, y Unidad nacional del Partido Nacional presentaron el martes 17,  367 mil firmas en el Parlamento para habilitar un plebiscito  con las elecciones del 2014 para bajar la edad de imputabilidad penal de 18 a 16 años. Los trabajadores estamos en contra de penalizar a los adolescentes con penas similares a los adultos, porque es una mera máscara que no soluciona el problema de fondo, que es la generación de marginalidad social y la mala distribución de la riqueza característica de un país dependiente de capitalismo atrasado como el nuestro.
Con el alza del PBI del Uruguay de los últimos años, con récords históricos del 7% anual prácticamente, no debería haber pobres en este país, ni carencias en la educación pública ni en la salud, y mucho menos en el trabajo y la producción nacional, si existiera justicia social. El tema de fondo está en el sistema de producción capitalista, que tiene como ley principal la máxima ganancia y el capital financiero que tiene como principal actividad, la especulación sin importar cuantos trabajadores queden en la calle, y cuantas familias pasen a ser marginados del sistema de producción, sin poder ganarse el sustento que les permita tener una vida digna.
En cuanto al INAU, el tema es que si no funciona bien el sistema, (ha habido nuevamente motines y fugas en Colonia Berro), no es por falta de esfuerzo de los trabajadores que están permanentemente en los niveles, es por malas inversiones, por falta de personal de atención directa y pésimas condiciones de trabajo en los centros de permanencia, o sea los internados. Además, con la política institucional de poner en los cargos de mandos superiores y medios a los amigos, a los cargos de confianza política, sin tener en cuenta las capacidades de los funcionarios y sus experiencias, es imposible que algo funcione bien. Por eso no compartimos la argumentación de que esta gestión ha mejorado mucho respecto a las anteriores. Y debemos luchar nuevamente porque no se pretenda cortar por el hilo más fino, que somos siempre los de abajo, los trabajadores afectados a la atención directa, que estamos todos los días soportando la tensión de trabajar en los niveles, en hogares superpoblados de jóvenes y con carencia de recursos humanos.
Los trabajadores organizados, tenemos la impronta de resistir y dar la lucha por mejorar nuestras condiciones de trabajo, y salir de nuestras chacras, juntarnos todos los en un programa común. Sabemos que existen contradicciones porque también hay afiliados al gremio que tienen cargos de responsabilidad. Pero esos trabajadores con cargos de responsabilidad, deben responder ante el resto cuando existan casos en que pretenden hacer caer sobre las espaldas de los funcionarios educadores, responsabilidades que les competen a ellos. La resolución de esta contradicción se debe tratar como no antagónica, y en el seno del pueblo. Pero siempre se debe tener presente la defensa del más débil, porque para eso está la herramienta sindical. Y no estamos hablando de defender casos de corrupción, ni  de funcionarios que ponen en riesgo con sus actos al resto de los compañeros, como hubo en el pasado y todos sabemos. Hoy estamos hablando concretamente de lo sucedido en el Hogar Sarandí, así como hechos que sucedieron en el Ariel y en el Ser. Hechos que se producen por fallas en un sistema de seguridad que no es tal, que tiene sus graves  errores en lo mandos superiores, del más alto nivel y que ponen en riesgo permanente a los educadores que trabajan en los niveles, cara a cara con los internados.
También hay situaciones de acoso laboral en el Hogar Andariegos de tiempo completo, y los trabajadores allí reclaman respeto de la dirección y trabajo en equipo. ¿Cuál es la postura que debe tener el sindicato? Para nosotros es claro, debemos denunciar este tipo de actitudes de parte de cualquier autoridad, que abuse de sus funciones.
Recordamos también, que debemos bregar porque el SIRPA no sea separado del INAU, y vemos serias intenciones de las autoridades y de las fuerzas políticas para que esa separación se de. Los trabajadores tenemos definición al respecto, y muy clara, No al SIRPA fuera del INAU. Pero no solamente por razones  de los propios  trabajadores, sino porque conceptualmente estamos en contra de que medidas punitivas primen sobre medidas educativas. Estamos en contra de que se castigue permanentemente a los hijos de lo pobres para tener contentos a los de arriba que presionan constantemente para que la pobreza no se vea en los lugares por donde ellos viven y pasan. No vemos como solución al problema de la infracción penal juvenil, el encierro y la cultura de la cárcel y la represión. Menos en las condiciones carcelarias que vive nuestro país en estos momentos.


Creemos que es momento  que el Estado se haga responsable en serio de la erradicación de la pobreza, y de la inclusión social en serio. Apoyando proyectos de desarrollo del país inclusivo, y dejarse de  preocuparse por las consultoras y las calificadoras internacionales, que dicen qué país es bueno o es malo para el imperialismo. Desarrollo y justicia social, necesariamente van de la mano de la soberanía nacional, soberanía para tomar decisiones en donde gastar la plata que es de todos los uruguayos, no de los gobernantes de turno. Soberanía para impulsar un sistema educativo popular y acorde con los intereses nacionales. Soberanía para que exista en nuestra tierra un sistema único de salud estatal y público. Soberanía para que se invierta en la construcción de un  país que defienda la producción y el trabajo nacional digno, con todos los derechos para todos los trabajadores.
Evidentemente no es el país en que está pensando Mujica y el Frente Amplio, ni los Blancos, ni el Partido Independiente y menos los Colorados, todos en cuclillas ante el imperialismo yanky y el capital extranjero.
Por eso luchamos por la independencia de clase respecto a los gobiernos de turno, que son partidos que no representan a cabalidad los intereses de los trabajadores. También en ese sentido denunciamos al oportunismo de toda laya existente en el seno de la dirigencia mayoritaria del PIT-CNT, que pretende contrabandear la idea de que el Frente Amplio es un gobierno con posiciones en disputa, y que votando a ciertos sectores, la situación va a cambiar. El Frente es uno solo y tiene un programa que viró más aun hacia la derecha, es pro imperialista y tiene como objetivo hacer que el capitalismo funcione. Para ello, pretende engañar a la clase trabajadora en el discurso, y le tira unas migajas cuando se le pone el viento de la puerta, como todo gobierno que administra los intereses de las clases dominantes.
Por eso, lucharemos siempre por;
Independencia de clase.
Estaremos en contra de acuerdos a espaldas de los trabajadores y
Por un gobierno obrero y popular.
Salud compañeros.
                                                                                     Jorge Pérez.

viernes, 4 de mayo de 2012


La “Corriente Sindical Clasista” en el 1º de Mayo.
Actos clasistas en Suárez y explanada de la IMM.


Abril fue un mes de mucho movimiento en nuestro Gremio, y el Espacio clasista  conformado por la “Corriente Sindical Clasista” lista 917 y la Agrupación 1886, estuvieron junto al gremio del SUINAU, junto a los trabajadores del Hogar Ariel, apoyando en el motín del 6 de abril, apoyando a los trabajadores en diferentes instancias luego de la fuga con corte de rejas en el Hogar Sarandí, y también apoyando en diferentes hogares de Montevideo. Estamos porque creemos que debemos estar donde los trabajadores nos necesitan. Así también estuvimos junto al Gremio, apoyando a los trabajadores de tiempo completo del hogar Andariegos, que tienen un conflicto con su dirección y también sufren el mal de todos los internados: falta de edificios donde alojar jóvenes sin tenerlos hacinados, y falta de personal para cubrir los turnos como es debido. Dimos la lucha para tener participación en el Hogar de estudiantes Residentes del Interior, donde se nos pretendía excluir totalmente, logrando cierta participación. Participamos en la recorrida de los centros del SIRPA, a los efectos de lograr tener una versión directa de los trabajadores, de sus condiciones de trabajo y sus necesidades más inmediatas. Nos esperan tiempos de lucha, y debemos hacer germinar desde abajo, la unidad y la predisposición a la pelea de todos los trabajadores  en defensa de sus  intereses.
A la vez, desde la Secretaría de Asuntos Sociales, estamos buscando convenios que favorezcan a los trabajadores, en las áreas de la Salud, el deporte y la recreación, y en un futuro presentaremos opciones para trabajar sobre la adquisición de viviendas dignas para los trabajadores del INAU.
Continuamos en la senda de provocar cambios profundos, y como metodología creemos que si bien los sindicatos deben negociar las reivindicaciones, las mismas no tendrán buenos frutos duraderos sin una movilización contundente de los trabajadores, enfrentando las políticas de un gobierno que ataca a los estatales desde todos los ángulos, proponiendo por un lado  la ley de Participación Pública Privada, que es una manera embozada de privatizar áreas productivas y de servicios que brinda el Estado, y por otro meter el nuevo Estatuto del Funcionario Público, en el cual se van pauperizando las condiciones de trabajo y contractuales de los trabajadores.
El accionar corporativo de la mayoría de los dirigentes del PIT-CNT, ha llevado a las luchas a su mínima expresión. Solamente cuando hay presión desde abajo, se larga una lucha, y muchas veces los trabajadores, como en la educación, largan los conflictos a pesar de los dirigentes conciliadores, que no le quieren hacer paros al Gobierno frenteamplista.
La COFE hace ya un largo tiempo que tiene una propuesta de un paro de 24 horas, que aparentemente saldría una medida de lucha de trabajadores públicos para el 15 de mayo. Veremos si nuevamente, los oportunistas conciliadores con el gobierno, no logran nuevamente achicar la medida propuesta y terminan con un paro parcial de 4 horas y a casita, como hacen siempre en los últimos tiempos. Todo dependerá de la presión que hagamos los de abajo que no estamos casados con nadie, y que la mejoría de nuestra calidad de vida depende solamente de nuestra lucha.
Es este contexto, es que llegamos al 1º de mayo, y nuevamente pusimos carne en la realización del 1º de mayo clasista.
Primero, junto a la radio comunitaria Suárez F.M. 95.1, profesores del Liceo de Joaquín Suárez, trabajadores de Colonia Berro, jubilados y trabajadores de otros gremios, realizamos como todos los años desde el 2004, el acto zonal del 1º de Mayo en la ciudad canaria de Joaquín Suárez, a partir de las 10 de la mañana.
Luego participando junto a otras organizaciones de intención revolucionaria, estuvimos en el Acto en la explanada de la IMM a partir de la hora 12. Allí hablamos todos los trabajadores que representaban a agrupaciones, sindicatos, gremios estudiantiles clasistas y organizaciones de jubilados. 


Este acto cerró con una proclama elaborada por el conjunto de los organizadores, en donde se reivindicaban los temas más candentes para la clase trabajadora, como defensa de la soberanía nacional, contra la mega minería a cielo abierto, la extranjerización de la tierra, condiciones de trabajo y salarios dignos, con un mínimo que alcance la media canasta familiar, jubilaciones dignas y defensa de la salud y la educación públicas entre otras reivindicaciones.
En nuestra participación en la oratoria, pusimos énfasis en la línea general que venimos desarrollando, que es la de participar en los sindicatos, luchar por la conformación de agrupaciones clasistas y combativas, llenar a los sindicatos con trabajadores que fortalezcan la herramienta, con independencia de clase y disposición a dar las batallas necesarias en defensa de todas las reivindicaciones gremiales.
Conscientes de que se vienen tiempos difíciles para la clase creemos que una de las medidas más importantes que debemos adoptar los trabajadores, es el mantener la unidad y la organización de los trabajadores, bajo un programa clasista que vaya en contra del pago de la deuda externa, la extranjerización de la tierra, en contra de la inversión extranjera especulativa y expropiadora, y en defensa de los recursos naturales. Que defienda el trabajo y la producción nacional, el salario digno, las jubilaciones y la salud. Por eso también, debe lucharse por lograr una ley de salud ocupacional que enfrente a los capitalistas que no quieren invertir, para evitar enfermedades profesionales que se están dando cada vez más en nuestro país.
En definitiva, la clase trabajadora debe hacer un acuerdo de unidad en base a un programa político, enfrentado al imperialismo y las clases dominantes y los políticos de turnos vendidos al capital imperialista.

domingo, 15 de abril de 2012



Hacia un 1º de mayo Clasista y combativo.

Una historia que los asalariados del mundo no debemos olvidar.

INTRODUCCIÓN

El 1° de mayo de 1886 la huelga por la jornada de ocho horas estalló de costa a costa de los Estados Unidos. Más de cinco mil fábricas fueron paralizadas y 340.000 obreros salieron a calles y plazas a manifestar su exigencia. En Chicago los sucesos tomaron rápidamente un sesgo violento, que culminó en la masacre de la plaza Haymarket (4 de mayo) y en el posterior juicio amañado contra los dirigentes anarquistas y socialistas de esa ciudad, cuatro de los cuales fueron ahorcados un año y medio después.

Cuando los mártires de Chicago subían al cadalso, concluía la fase más dramática de la presión de las masas asalariadas (en Europa y América) por limitar la jornada de trabajo. Fue una lucha que duró décadas y cuya historia ha sido olvidada, ocultada o limpiada de todo contenido social, hasta el punto de transformar en algunos países el 1.° de mayo en mero “festivo” o en un día franco más. Pero sólo teniendo presente lo que ocurrió, adquiere total significación la fecha designada desde entonces como “Día Internacional de los Trabajadores”.

AQUELLOS DIAS INTERMINABLES

A mediados del siglo XIX, tanto en Europa como en Norteamérica, en las emergentes factorías industriales, se exigía a los obreros trabajar doce y hasta catorce horas diarias, durante seis días a la semana, incluso a niños y mujeres, en faenas pesadas y en un ambiente insalubre o tóxico. Los emigrantes europeos, que llegaban entonces a los Estados Unidos en busca de un mundo mejor, cambiaron (a lo más) los resabios feudales que todavía pesaban sobre sus hombros por la voracidad desbocada de un capitalismo joven, que multiplicaba sus ganancias ampliando al máximo la jornada de trabajo. Extraños en un país desconocido, los inmigrantes crearon las primeras organizaciones de obreros agrupándose por nacionalidades, buscando primero el apoyo y la solidaridad de los que hablaban la misma lengua, constituyendo luego gremios por oficios afines (carpinteros, peleteros, costureras), y orientando su acción por las vías del mutualismo.

América era también el campo de experimentación para algunos socialistas utópicos, que crearon en los Estados Unidos colonias comunitarias, como las de Robert Dale Owen (1825), Charles Fourier y Etienne Cabet, constituidas por trabajadores emigrados. Los obreros propiamente norteamericanos se limitaban a buscar consuelo para sus sufrimientos terrenales en las diferentes sectas religiosas existentes en el país. Fueron inmigrantes ingleses pobres los que primero diseminaron inquietudes sociales entre sus hermanos de clase, y los mismos continuaron en territorio americano la lucha ya extendida en Inglaterra por la reducción de la jornada de trabajo.

El desarrollo de la industria manufacturera, el perfeccionamiento de máquinas y herramientas, la concentración de grandes masas obreras en los Estados del Noreste, proporcionaron el terreno donde germinó la propaganda de los emigrados. La primera huelga brotó, 60 años antes de los sucesos de Chicago, entre los carpinteros de Filadelfia, en 1827, y pronto la agitación se extendió a otros núcleos de trabajadores. Los obreros gráficos, los vidrieros y los albañiles empezaron a demandar la reducción de la jornada de trabajo, y 15 sindicatos formaron la “Mechanics Union of Trade Associations” de Filadelfia. El ejemplo fue seguido en una docena de ciudades; por los albañiles de la isla de Manhattan; en la zona de los grandes lagos, por los molineros; también por los mecánicos y los obreros portuarios.

En 1832, los trabajadores de Boston dieron un paso adelante en sus demandas y se lanzaron a la huelga por la jornada de diez horas, agrupados en débiles organizaciones gremiales por oficios. Pese a que el movimiento se extendió a Nueva York y Filadelfia, no tuvo éxito. Afirmó, sin embargo, el espíritu de combate de los asalariados, que siguieron presionando por sus reivindicaciones.

DIEZ HORAS LEGALES

El resultado de estas luchas, que marcan el nacimiento del sindicalismo en Estados Unidos, influyó primero en el Gobierno Federal antes que en los patrones, que expoliaban impunemente a sus trabajadores al amparo del librempresismo. En 1840, el Presidente Martín van Buren reconoció legalmente la jornada de 10 horas para los empleados del Gobierno y también para los obreros que trabajaban en construcciones navales y en los arsenales. En 1842, dos Estados, Massachusetts y Connecticut, adoptaron leyes que prohibían hacer trabajar a los niños más de 10 horas por día. El mismo año, la quincallería Whtite & Co. de Buffalo (Estado de Nueva York) introdujo en sus talleres la jornada de 10 horas.

Pero la agitación obrera continuó. Desde el otro lado del mar llegaban noticias alentadoras. Cediendo a la presión sindical, el Gobierno inglés promulgó una ley (1844) que redujo a 7 horas diarias el trabajo de los niños menores de 13 años, y limitó a 12 horas el de las mujeres. Se esperaba lograr pronto allí la jornada de 10 horas para los adultos, hombres y mujeres. En ese ambiente se reunió el primer Congreso Sindical Nacional de los Estados Unidos, el 12 de octubre de 1845, en Nueva York. Se tomaron medidas concretas para coordinar la lucha de los diferentes gremios y la que se llevaba a cabo en distintas ciudades. Se planteó la creación de una organización secreta permanente para la reivindicación de los derechos del trabajador.

El Congreso Sindical de Nueva York se fijó como tarea de acción inmediata la demanda del reconocimiento legal de la jornada de 10 horas y se convocó a mítines obreros en las principales ciudades para agitar públicamente esta exigencia. A esta etapa siguieron las huelgas, que alcanzaron excepcional amplitud en Pittsburgh, centro metalúrgico, donde 40.000 obreros mantenían una huelga de 6 semanas por la jornada de 10 horas. Pero los patrones no cedieron, y muchos inmigrantes recién llegados se dispusieron a asumir el puesto de los huelguistas. El movimiento fracasó. En otros lugares se lograron avances concretos: New Hampshire decretó la implantación de la jornada de 10 horas y numerosas fábricas hicieron lo mismo en otros Estados.

Pero la agitación cobró nuevos impulsos al divulgarse, en 1848, la noticia de que los obreros de una sociedad colonizadora en Nueva Zelanda habían obtenido la jornada de 8 horas. Sin embargo, no se estructuró un movimiento que respaldara esta aspiración. Las demandas se limitaron a exigir un máximo de 10 horas de trabajo por día.

Fue sólo a comienzos de 1866, una vez terminada la guerra de secesión, que renació la lucha por acortar la jornada de labor.

Otros avances se habían logrado entretanto. El Estado de Ohio adoptó la ley de 10 horas para las mujeres obreras, y los sindicatos de la construcción estaban vivamente impresionados al saber que los albañiles de Australia obtenían en esos días el reconocimiento de la jornada de 8 horas. Por otra parte, la reducción de la jornada de trabajo, que absorbería mayor cantidad de mano de obra, se convertía en una necesidad urgente por el retorno de los soldados desmovilizados y el cierre de las fábricas que trabajaban para la guerra. Además, los inmigrantes seguían afluyendo, por centenares y centenares de miles.

Al Congreso de Estados Unidos ingresaron más de media docena de proyectos de ley que proponían legalizar la jornada de 8 horas, y la Asamblea Nacional de Trabajo, celebrada en Baltimore en agosto de 1866, con representantes de 70 organizaciones sindicales, entre ellas 12 uniones nacionales, proclamó:

“La primera y gran necesidad del presente, para liberar al trabajador de este país de la esclavitud capitalista, es la promulgación de una ley por la cual la jornada de trabajo deba componerse de ocho horas en todos los Estados de la Unión Americana. Estamos decididos a todo hasta obtener este resultado”.

El mismo congreso sindical acordó crear comités para “recomendar” la reivindicación de las 8 horas, cometiendo el error de confiar únicamente en la buena voluntad de los poderes públicos para hacer ley su iniciativa.

Mientras, en Europa, la I Internacional (creada en 1864) había acordado en su Congreso de Ginebra, en 1866, agitar mundialmente la demanda de la jornada de trabajo de 8 horas. Los asalariados norteamericanos, en el Congreso Obrero de los Estados del Este, celebrado en Chicago en 1867, dedicaron gran parte de sus debates a las 8 horas. El hombre que impulsó las resoluciones sobre el tema fue Ira Steward, un mecánico autodidacta de Chicago, a quien daban el sobrenombre de “El maniático de las ocho horas”.

Steward sostenía que al acortarse la jornada de trabajo aumentaría la necesidad de mano de obra y que, por lo tanto, de allí surgiría el aumento de los salarios. Escéptico de la eficacia de la acción puramente sindical, Steward, en ausencia de un partido político autónomo de la clase obrera, proponía un método usado tradicionalmente por el movimiento sindical norteamericano: ejercer presión sobre los partidos del “stablishment” y no dar sus votos más que a los candidatos que aceptaran impulsar todo o parte del programa sindical.

LEY FEDERAL DE LAS OCHO HORAS

Finalmente, los esfuerzos de la clase obrera norteamericana lograron modificar la actitud del Gobierno, ya que no la de los empresarios privados. Siendo Presidente de los Estados Unidos Andrew Johnson, en 1868 se dictó la Ley Ingersoll, que establecía la jornada de 8 horas para los empleados de las oficinas federales y para quienes trabajaban en obras públicas. La Ley Ingersoll, dictada el 25 de junio de 1868, establecía:

“Artículo 1.º La jornada de trabajo se fija en ocho horas para todos los jornaleros u obreros y artesanos que el Gobierno de los Estados Unidos o el Distrito de Columbia ocupen de hoy en adelante. Sólo se permitirá trabajar como excepción más de ocho horas diarias en casos absolutamente urgentes que puedan presentarse en tiempo de guerra o cuando sea necesario proteger la propiedad o la vida humana. Sin embargo, en tales casos el trabajo suplementario se pagará tomando como base el salario de la jornada de ocho horas. Este no podrá ser jamás inferior al salario que se paga habitualmente en la región. Los jornaleros, obreros y artesanos ocupados por contratistas o subcontratistas de trabajos por cuenta del Gobierno de los Estados Unidos o del Distrito de Colombia serán considerados como empleados del Gobierno o del Distrito de Columbia. Los funcionarios del Estado que deban efectuar pagos por cuenta del Gobierno a los contratistas o subcontratistas deberán cerciorarse, antes de pagar, de que los contratistas o subcontratistas hayan cumplido sus obligaciones hacia sus obreros; no obstante, el Gobierno no será responsable del salario de los obreros.

Artículo 2.º Todos los contratos que se concerten en adelante por el Gobierno de los Estados Unidos o por su cuenta (o por el Distrito de Columbia, o por su cuenta), con cualquier corporación o persona, se basarán en la jornada de ocho horas, y todo contratista que exigiere o permitiere a sus obreros trabajar más de ocho horas por día estará contraviniendo la ley, salvo los casos de fuerza mayor previstos en el artículo 1.º.

Artículo 3.º Los que contravengan a sabiendas esta prescripción serán pasibles de una multa de 50 a 1.000 dólares, o hasta de seis meses de prisión, o de ambas penas conjuntamente”.

La jornada de 8 horas pasaba así a ser obligación “legal” en los Estados Unidos para las obras públicas, así como lo era ya para los trabajos privados en Australia. Los obreros industriales, entre tanto, seguían sometidos a una jornada de 11 y 12 horas diarias a lo largo y a lo ancho de los Estados Unidos.

Los grandes contratistas de obras públicas en construcción se opusieron, por supuesto, a la aplicación real de la jornada federal de 8 horas. Los patrones formaron una “Asociación de las Diez Horas”, tratando de demostrar que esa duración del tiempo de trabajo era “más provechosa para los trabajadores”. Eran los años en que Federico Engels le escribía a Carlos Marx que “a causa de la agitación por las 8 horas se han anulado contratos por más de un millón y medio de dólares”, tomando como base una información de la prensa norteamericana.

El Estado de California se había adelantado a los demás y decretado la jornada obligatoria de 8 horas para todos los trabajadores del sector público o del sector privado, a fines de 1868. Pero no hay evidencia de que esa progresista medida legal se haya aplicado en la práctica, así como hay fuertes dudas sobre la vigencia concreta de lo que mandaba la Ley Ingersoll para los trabajos públicos Un historiador del movimiento sindical norteamericano escribió: “La agitación en pro de la jornada de 8 horas, después de numerosas vicisitudes y de algunos éxitos legislativos que no fueren seguidos de aplicación práctica, no llegó a ningún resultado, y el pueblo obrero fue afectado por una profunda desilusión”. De allí arrancó el empuje que culminaría en los sucesos de Chicago, en mayo de 1886.

CRISIS Y CESANTIA

Con el estímulo de las luchas por acortar la jornada de trabajo, las organizaciones obreras se fueron extendiendo y fortaleciendo. En 1867, en Chicago se había creado el Partido Nacional Obrero, que planteó en su primera convención la búsqueda de un camino político independiente para la clase trabajadora. Instaba a los obreros a evitar ser utilizados políticamente por la burguesía, pero sus llamamientos no lograron calar en la masa. Cobró auge en cambio la “Liga por las Ocho Horas”, fundada en Boston en 1869, que levantó además una plataforma de lucha de corte socialista y proclamó la “guerra de clases a los capitalistas”. En 1870 se fundó la organización secreta “Los Caballeros del Trabajo”, de inspiración anarquista, a la cual se atribuyeron todos los atentados cuyos autores no pudo descubrir la policía, y que sería profusamente citada en el proceso de Chicago años más tarde. Sus dirigentes asumieron con posterioridad posiciones pro-capitalistas.

En septiembre de 1871 se efectuó una gran manifestación pública por la jornada de 8 horas en Nueva York, a la que asistieron más de 20.000 trabajadores, una cifra considerable entonces. Participaron principalmente franceses y alemanes emigrados, miembros de la Internacional, y también obreros propiamente norteamericanos.

En 1872 libraron importantes combates por las 8 horas los obreros mueblistas y de otros ramos afines, que lograron satisfacción para sus demandas, pero los cabecillas fueron engañados posteriormente por los patrones, despedidos de su ocupación, y fue nuevamente prolongada la jornada de trabajo. La organización sindical era débil aún, y fragmentada, como para poder exigir el cumplimiento de los acuerdos. Fue brotando así la idea de una huelga general para una fecha determinada; lo que se concretaría 14 años más tarde, el 1° de mayo de 1886. 1º de mayo

Entre tanto, en 1873, las cosas empeoraron repentinamente para los trabajadores. La crisis que se veía venir llegó finalmente, arrojando a la cesantía a centenares de miles de obreros. Las fábricas cerraban sus puertas y los cesantes vagaban como lobos por las calles, alimentándose de los desperdicios que encontraban en las latas de basuras. El invierno de 1872-73 dejó un horrible saldo de muertos de hambre y frío, como no se tenía memoria en los Estados Unidos. Sólo en el Estado de Nueva York había 200.000 cesantes.

El 13 de enero de 1873, la Sección Norteamericana de la Internacional convocó a un mitin de desocupados en Nueva York para demostrar al Gobierno del Estado su situación y pedir solución a su miseria. Se exigía una ración diaria de alimentos para los cesantes, la iniciación de obras públicas para dar trabajo a los necesitados y una prórroga legal para el pago de arriendos y alquileres modestos. Se quería evitar que fueran lanzadas a la calle (y expuestas a morir de frío) las familias que no podían cubrir la renta por hallarse el padre o el esposo sin trabajo.

La manifestación conmovió a la ciudad y, en bullicioso desfile, los cesantes se dirigieron al Ayuntamiento para hacer presentes sus demandas. Cuando llegaban allí, fueron atacados por una horda de polizontes, que apareció de improviso, apaleando y sableando a todo el mundo, incluso mujeres y niños. Centenares de heridos y contusionados quedaron sobre los adoquines de la zona céntrica de Nueva York, y otros centenares de pobres fueron detenidos y puestos a disposición de los tribunales “por resistir órdenes de la policía”.

La gran prensa ventiló falsedades e injurias sobre las heridas y el hambre de los cesantes tan ferozmente reprimidos. “Era un mitin público de ladrones ociosos”, dijo un diario de Nueva York. “Hay que prepararles comidas envenenadas si quieren comer a costa del Gobierno”, escribió otro en Chicago. Los editoriales llamaron a eliminar “la peste de miserables” que asolaba la ciudad.

Paralelamente, la exigencia de las 8 horas de trabajo se hacía cada vez más fuerte, presentada incluso como una forma de aumentar la floja demanda de mano de obra. “Los Caballeros del Trabajo”, en un programa hecho público en 1874, declaraban que se esforzarían por obtener las 8 horas, “negándose a trabajar jornadas más largas, incluso a través de una huelga general”. En una larga lista de reformas y reivindicaciones, proclamaban su propósito de “obtener la reducción gradual de la jornada de trabajo a 8 horas por día, a fin de gozar en alguna medida de los beneficios de la adopción de máquinas en reemplazo de la mano de obra”.

LA GRAN HUELGA FERROVIARIA

Ese mismo año (1874), el Estado de Massachusetts decretaba la jornada máxima de 10 horas para mujeres y niños, mientras la agitación prendía ahora entre los ferroviarios, que no tardaron en lanzar una huelga de grandes proporciones.

En junio de 1877, los dueños de los ferrocarriles comunicaron a los trabajadores que sus salarios serían reducidos en un 10%, porque las empresas “estaban perdiendo dinero” con motivo de la crisis. Esta fue la gota que colmó el vaso. Desde 1873, el salario de los trabajadores había disminuido ya en un 25% para salvar las ganancias de los propietarios. La huelga estalló en Pittsburgh y en menos de 2 semanas se había extendido a 17 Estados. Era el movimiento más vasto que hasta entonces enfrentara el gran capital norteamericano.

Los magnates ferroviarios consiguieron que el Gobierno movilizara al Ejército contra los huelguistas, que habían incorporado entre tanto la demanda de una jornada laboral de 8 horas, y no tardaron en producirse enfrentamientos violentos entre obreros y soldados. En Maryland quedaron 10 obreros muertos después de un choque frontal con las tropas. En Pittsburgh, los trabajadores corrieron a pedradas a los militares, para luego asaltar la maestranza del ferrocarril local, donde destruyeron 120 locomotoras e incendiaron 1.600 vagones. En Reading, los obreros desarmaron a una compañía de soldados y confraternizaban con ellos cuando fueron atacados por tropas de refuerzo, que aparecieron imprevistamente. Entonces, algunos militares fueron muertos y hubo numerosas víctimas entre los obreros. En Saint Louis la huelga abarcó a todos los oficios y los trabajadores se apoderaron de la ciudad. Fue cortado el tránsito por los puentes que cruzan el Mississippi, y durante 8 días los sindicatos administraron tiendas y fábricas y dictaron sus propias leyes. Finalmente, fueron sangrientamente reprimidos.

La lucha de clases se hizo tan violenta que la burguesía organizó grupos civiles armados para proteger sus riquezas. La prensa “de orden” exaltaba diariamente a pertrecharse y a extender las bandas armadas antiobreras. Se formaron así verdaderas milicias privadas, cuando no grupos de matones y hasta empresas de rompehuelgas, con sucursales en los centros industriales más importantes, al servicio de los propietarios. La más famosa de estas organizaciones, que alcanzaría triste renombre en los sucesos de Chicago, fue la de los hermanos Pinkerton, que había reclutado algunos cientos de scabs (“amarillos”), que enviaban a quebrar huelgas allí donde la presión obrera se hacía sentir en demanda de la jornada de 8 horas. Los Pinkerton, además, proporcionaban bandas armadas, espías, provocadores y hasta asesinos a sueldo. Algunas autoridades hacían caso omiso de la existencia de estas organizaciones criminales e incluso borraban los antecedentes penales de sus integrantes, a condición de que mostraran ferocidad en su cometido, disolviendo mítines obreros, delatando a los dirigentes o agrediéndolos.

NACE LA AFL

Pese a la ofensiva en su contra, el movimiento obrero norteamericano siguió fortaleciéndose. En 1881 se constituyó en Pittsburgh la American Federation of Labor (AFL), Federación Norteamericana del Trabajo, que exigió en su primer congreso un más riguroso cumplimiento de la jornada de 8 horas para los que trabajaban en obras públicas. En su segundo congreso, celebrado en Cleveland en 1882, la AFL aprobó una declaración, presentada por los delegados de Chicago, para que se extendiera el beneficio de las 8 horas a todos los trabajadores, sin distinción de oficio, sexo o edad:

“Como representantes de los trabajadores organizados, declaramos que la jornada de trabajo de ocho horas permitirá dar más trabajo por salarios aumentados. Declaramos que permitirá la posesión y el goce de más bienes por aquellos que los crean. Esta ley aligerará el problema social, dando trabajo a los desocupados. Disminuirá el poder del rico sobre el pobre, no porque el rico se empobrezca, sino porque el pobre se enriquecerá. Creará las condiciones necesarias para la educación y mejoramiento intelectual de las masas. Disminuirá el crimen y el alcoholismo... Aumentará las necesidades, alentará la ambición y disminuirá la negligencia de los obreros. Estimulará la producción y aumentará el consumo de bienes por las masas. Hará necesario el empleo cada vez mayor de máquinas para economizar la fuerza de trabajo... Disminuirá la pobreza y aumentará el bienestar de todos los asalariados”.

El tercer congreso de la AFL (1883) acordó solicitar al Presidente de los Estados Unidos que impulsara la ley de las 8 horas, y además envió una nota a los comités nacionales de los Partidos Republicano y Demócrata, para que definieran sus respectivas posiciones sobre la jornada de 8 horas y otras reivindicaciones de los trabajadores.

Los preparativos de la huelga general del 1° de mayo de 1886 habían empezado a gestarse dos años antes, en noviembre de 1884, cuando se reunió en Chicago el IV Congreso de la AFL (La AFL se llamaba entonces Federación de Sindicatos Organizados y Uniones Laborales de los EE.UU. y Canadá.) En el IV Congreso se pudo constatar, desde la primera sesión plenaria, el cambio producido en el espíritu de los dirigentes sindicales. Las dilaciones y negativas con que contestaron a sus demandas los partidos políticos los empujaron a buscar nuevas formas de acción, basadas en sus propias fuerzas. Su decisión se fortaleció por la experiencia internacional conquistada por la clase obrera en aquellos años y, sobre todo, por la del movimiento sindicalista inglés.

DEMANDA UNICA Y SOSTENIDA

Uno de los autores de la proposición que meses más tarde sacudiría a los Estados Unidos, Frank K. Foster, afirmó ante sus compañeros: “Una demanda concertada y sostenida por una organización completa producirá más efecto que la promulgación de millares de leyes, cuya vigencia dependerá siempre del humor de los políticos... El espíritu de organización está en el aire, pero el costo que hemos pagado por nuestra inexperiencia, el sectarismo y la falta de espíritu práctico representan todavía grandes obstáculos para lanzar una huelga general”.

Otros delegados al Congreso pusieron en evidencia que los únicos resultados realmente serios en cuanto a las 8 horas se habían logrado fuera de toda legislación, por acuerdos directos con los empresarios bajo la presión de la movilización sindical. En el curso de sus intervenciones, Foster sugería que todos los sindicatos manifestaran su voluntad unánime, apoyados por la organización entera, haciendo una huelga general por la jornada de 8 horas. Gabriel Edmonston, que compartía ese punto de vista, hizo entonces una proposición práctica: a partir del 1° de mayo de 1886 se obligaría a los industriales a respetar sin más la jornada de 8 horas. Donde los patrones se negaran, se declararía la huelga de inmediato. En el plazo previo a la fecha fijada, se llevaría la consigna por todo el país y la prensa obrera agitaría esa demanda básica de los asalariados. El 1° de mayo de 1886 debería estar todo listo para una gran huelga general de costa a costa. Foster y Edmonston fueron, pues, los autores de aquella proposición, cuyos alcances históricos muy pocos intuyeron entonces.

Para los historiadores, un punto no está claro: ¿por qué se eligió precisamente el 1° de mayo como la fecha en que debería estallar la huelga general en todos los Estados Unidos?. La explicación más atendible es la que recuerda que por ese entonces el 1° de mayo era la fecha en que debían renovarse los contratos colectivos de trabajo, así como otras obligaciones generales, los arriendos de tierras y convenciones similares. Era el “moving-day” (día de mudanza) norteamericano, equivalente a los compromisos de trabajo que se iniciaban el día de San Juan en el Sur de Francia por esos años, o en Navidad en otras regiones de Europa, o en el día de San Martín. Además, el año designado (1886) daba el tiempo suficiente para que los patrones fueran advertidos y conocieran las demandas y las consecuencias de su negativa, sin poder pretextar después la sorpresa de la petición como factor para rechazarla.

La proposición de Gabriel Edmonston (aprobada por el Congreso) decía: “La Federación de Sindicatos Organizados y Uniones Laborales de los Estados Unidos y Canadá ha resuelto que la duración de la jornada de trabajo, desde el 1º de mayo de 1886, será de 8 horas, y recomendamos a las organizaciones sindicales de todo el país hacer respetar esta resolución a partir de la fecha convenida”. Gracias a una intensa propaganda, pronto la resolución de Chicago echó firmes raíces en el seno de la clase obrera.

El Congreso de “Los Caballeros del Trabajo”, reunido en la ciudad de Hamilton, también decidió auspiciar la agitación por la huelga general hasta la obtención de las 8 horas. En todo el país se crearon grupos locales, especialmente encargados de la preparación del movimiento, que organizaron mítines y manifestaciones, repartieron folletos y periódicos, promovieron huelgas parciales, asambleas, conferencias, recolección de firmas y otras actividades de agitación.

En California y toda la costa Oeste de los Estados Unidos, la Federación de Carpinteros tomó en 1885 la iniciativa del movimiento por la reducción de la jornada de trabajo, mientras la AFL, en su Congreso de Washington (diciembre de 1885), renovó la decisión de Chicago. El sindicato de obreros mueblistas propuso que en cada ciudad se organizara un frente único de todas las organizaciones gremiales, para que presentaran a los patrones el contrato-tipo preparado por la asesoría legal de la AFL, y que debía entrar en vigencia el 1° de mayo de 1886. Así se acordó.

A medida que la fecha fijada se acercaba, las organizaciones sindicales trabajaban animosamente. El número de sus adherentes se había triplicado en esos meses. En Chicago, el “Comité por las 8 Horas” puso en guardia contra las huelgas parciales o mal organizadas, que podrían tener como consecuencia lock-outs y que “pueden hacer abortar el movimiento”. La Cámara Sindical de los carpinteros y ebanistas de la misma ciudad advirtió a los patrones, por carta certificada, que el 1° de mayo debía iniciarse la “jornada normal” y comprometió a sus miembros a detener absolutamente el trabajo en los talleres en que no se aplicasen las 8 horas.

Pese a las orientaciones de los dirigentes, que trataban de contener los movimientos parciales para lanzarlos al unísono cuando llegara mayo, en abril de 1886 la presión de las masas derivó en innumerables huelgas en diversas ciudades del país. En los Estados de Ohio, Illinois, Michigan, Pennsylvania y Maryland la marea se hizo incontenible. El Presidente Grover Cleveland llevó la cuestión obrera al Congreso, donde no vaciló en afirmar: “Las condiciones presentes de las relaciones entre el capital y el trabajo son, en verdad, muy poco satisfactorias, y esto en gran medida por las ávidas e inconsideradas exacciones de los empleadores”.

Ante la pujanza del movimiento sindical, ciertas empresas no pudieron esperar la fecha fijada para conceder las 8 horas sin disminuir los salarios. Más de 30.000 obreros se beneficiaron ya en el mes de abril, principalmente los mineros de Virginia.

1º DE MAYO DE 1886

Por fin, la fecha tan esperada llegó. La orden del día, uniforme para todo el movimiento sindical era precisa: ¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de 8 horas por día! ¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación!. Simultáneamente se declararon 5.000 huelgas y 340.000 huelguistas dejaron las fábricas, para ganar las calles y allí vocear su demandas.

En Nueva York, los obreros fabricantes de pianos, los ebanistas, los barnizadores y los obreros de la construcción conquistaron las 8 horas sobre la base del mismo salario. Los panaderos y cerveceros obtuvieron la jornada de 10 horas con aumento de salario. En Pittsburgh, el éxito fue casi completo. En Baltimore, tres federaciones ganaron las 8 horas: los ebanistas, los peleteros y los obreros en pianos-órganos. En Chicago, 8 horas sin disminuir sus salarios: embaladores, carpinteros, cortadores, obreros de la construcción, tipógrafos, mecánicos, herreros y empleados de farmacia; 10 horas con aumento de salario: carniceros, panaderos, cerveceros. En Newark, los sombrereros, cigarreros, obreros en máquinas de coser Singer, obtuvieron las anheladas 8 horas. En Boston, los obreros de la construcción. En Louisville, los obreros del tabaco. En Saint Louis, los mueblistas, y en Washington, los pintores... En total, 125.000 obreros conquistaron la jornada de 8 horas el mismo 1° de mayo. A fin de mes serían 200.000, y antes que terminara el año, un millón. No era la victoria absoluta; pero se había obtenido un resultado importante, por sobre, incluso, de algunas fallas en el movimiento obrero. “Jamás en este país ha habido un levantamiento tan general de las masas industriales” (expresaba un informe de la AFL) “El deseo de una disminución de la jornada de trabajo ha impulsado a millares de trabajadores a afiliarse a las organizaciones existentes, cuando muchos, hasta ahora, habían permanecido indiferentes a la acción sindical”.

En Chicago, los sucesos tomaron un giro particularmente conflictivo. Los trabajadores de esa ciudad vivían en peores condiciones que los de otros Estados. Muchos debían trabajar todavía 13 y 14 horas diarias; partían al trabajo a las 4 de la mañana y regresaban a las 7 u 8 de la noche, o incluso más tarde, de manera que “jamás veían a sus mujeres y sus hijos a la luz del día”. Unos se acostaban en corredores y desvanes; otros, en inmundas construcciones semiderruidas, donde se hacinaban numerosas familias. Muchos no tenían ni siquiera alojamiento. Por otra parte, la generalidad de los empleadores tenía una mentalidad de caníbales. Sus periódicos escribían que el trabajador debía dejar al lado su “orgullo” y aceptar ser tratado como “máquina humana”. El “Chicago Tribune” osó decir. “El plomo es la mejor alimentación para los huelguistas... La prisión y los trabajos forzados son la única solución posible a la cuestión social. Es de esperar que su uso se extienda”.

No era extraño que en ese cuadro Chicago fuese el centro más activo de la agitación revolucionaria en los Estados Unidos y cuartel general del movimiento anarquista en América: Dos organizaciones dirigían la huelga por las 8 horas en Chicago y todo el Estado de Illinois: la Asociación de Trabajadores y Artesanos y la Unión Obrera Central, pero eran sus exaltados periódicos obreros los polos en torno a los cuales giraba la acción reivindicativa.

Uno de estos periódicos era escrito en alemán, el “Arbeiter Zeitung”, que aparecía tres veces a la semana, dirigido por August Spies, de orientación anarquista, y otro, “The Alarm”, en inglés, dirigido por el socialista Albert Parsons. Junto a ellos, un brillante grupo de agitadores, periodistas y oradores de verbo encendido insuflaba el ímpetu peculiar que caracterizaba la lucha obrera en ese Estado. La mayoría de ellos pasaría a la Historia como los “Mártires de Chicago”: Fielden, Schwab, Fischer, Engel, Lingg, Neebe.

DESENLACE SANGRIENTO

Pese a los éxitos parciales de algunos sindicatos, la huelga en Chicago continuaba. Una sola usina seguía echando su humo negro sobre la región: la fábrica de maquinaria agrícola McCormik, al Norte de Chicago. El fundador de la usina, Cyrus McCormik, había muerto poco antes y dejado en el testamento una suma considerable de dinero para levantar una iglesia. Pero su heredero resolvió construir el templo sacando los fondos de un descuento obligatorio a sus obreros, que lo rechazaron. El 16 de febrero de 1886 estalló la huelga. Entonces, McCormik hijo contrató cientos de rompehuelgas a través de los hermanos Pinkerton y desalojaron en medio día la fábrica, que estaba ocupada por los trabajadores.

Cuando estalló la huelga general del 1° de mayo, McCormik seguía funcionando con el trabajo de los rompehuelgas, y no tardaron en producirse choques entre los restantes trabajadores de la ciudad y los “amarillos”. El ambiente ya estaba caldeado, porque la policía había disuelto violentamente un mitin de 50.000 huelguistas en el centro de Chicago, el 2 de mayo. El día 3 se hizo una nueva manifestación, esta vez frente a la fábrica McCormik, organizada por la Unión de los Trabajadores de la Madera. Estaba en la tribuna el anarquista August Spies, cuando sonó la campana anunciando la salida de un turno de rompehuelgas. Sentirla y lanzarse los manifestantes sobre los “scabs” (amarillos) fue todo uno. Injurias y pedradas volaban hacia los traidores, cuando una compañía de policías cayó sobre la muchedumbre desarmada y, sin aviso alguno, procedió a disparar a quemarropa sobre ella. 6 muertos y varias decenas de heridos fue el saldo de la acción policial.

Enardecido por la matanza, Fischer voló a la Redacción del “Arbeiter Zeitung”, donde escribió una vibrante proclama, con la cual se imprimieron 25.000 octavillas y que sería luego pieza principal de la acusación en el proceso que terminó con su ahorcamiento. Decía:

“Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormik, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza!

¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo! Es preferible la muerte que la miseria.

Si se fusila a los trabajadores, respondamos de tal manera que los amos lo recuerden por mucho tiempo.

Es la necesidad lo que nos hace gritar: “¡A las armas!”.

Ayer, las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y a sus padres fusilados, en tanto que en los palacios de los ricos se llenaban vasos de vino costosos y se bebía a la salud de los bandidos del orden...

¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís!

¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!”.

La proclama terminaba convocando a una gran concentración de protesta para el 4 de mayo, a las cuatro de la tarde, en la plaza Haymarket, y concluía con las palabras: “¡Trabajadores, concurrid armados y manifestaos con toda vuestra fuerza!”. Esta frase (y aquella que decía “¡A las armas!”) fueron tachadas por Spies, director de la imprenta, y él mismo vigiló especialmente que no la incluyeran los tipógrafos. Sin embargo, cuando posteriormente la Policía se incautó de los originales, convirtió esa frase no publicada en el núcleo central de la acusación.

En Haymarket se reunieron unas 15.000 personas. La mayoría de los que posteriormente serían los mártires de Chicago se hallaba a esa hora en la Redacción del “Arbeiter Zeitung”. Parsons estaba con su mujer y dos hijos; lo acompañaba una obrera con la que iban a discutir la organización de las costureras. Fielden y Schwab también estaban allí. Schwab abandonó la reunión para asistir a un mitin en Deering. Cuando discutían sobre la incorporación de las costureras a la lucha por las 8 horas, mujeres particularmente explotadas que entonces trabajaban sobre 15 horas diarias, un obrero se presentó diciendo que en la concentración faltaban oradores en inglés. Todos dejaron el local del periódico y fueron allí, donde Spies ocupaba la tribuna. Le sucedió Parsons, que habló por espacio de una hora. Luego, Fielden. Los discursos eran moderados y la muchedumbre se comportaba con tranquilidad, pese a la gravedad de la masacre del día anterior frente a McCormik.

El alcalde de Chicago, Carter H. Harrison, que presenciaba el mitin para pulsar el ambiente, se fue a casa al concluir de hablar Parsons, dándole órdenes al capitán de Policía Bonfield, a cargo de la tropa, de que la retirara. Empezaba a llover, como culminación de un día helado y húmedo. Fielden estaba aún en la tribuna y la gente comenzaba a dispersarse. Algunos obreros se dirigieron incluso al Zept Hall, cervecería que quedaba en las proximidades, para seguir a través de sus ventanas la manifestación. En la plaza, la muchedumbre ya estaba reducida a unos pocos miles cuando 180 policías avanzaron de pronto sobre los manifestantes con los capitanes Bonfield y Ward al frente, quienes ordenaron terminar el mitin de inmediato y a sus hombres tomar posiciones de disparar. Ya se alzaban los fusiles cuando, desde el montón informe de los manifestantes, se vio salir un objeto humeante del tamaño de una naranja, que cayó entre dos filas de los policías, levantando un poderoso estruendo y arrojando por tierra a todos los que se encontraban cerca. Sesenta policías quedaron heridos de inmediato y uno muerto, en medio de tremenda confusión. Fue la señal para que se desatara un pánico loco y una carnicería más terrible que la de la víspera. Rehechos en sus filas y apoyados por refuerzos, los policías cargaron salvajemente sobre la multitud, disparando y golpeando a diestra y siniestra. El balance dejó un total de 38 obreros muertos y 115 heridos. Otros 6 policías alcanzados por la bomba murieron en el hospital.

Esa misma noche, Chicago fue puesto en estado de sitio, se estableció el toque de queda y la tropa ocupó militarmente los barrios obreros. Al día siguiente, la nación estaba conmocionada por los sucesos y la gran prensa no reparó en nada para calumniar a radicales, anarquistas, socialistas y trabajadores extranjeros, sobre todo a los alemanes. El 5 de mayo, “The New York Times” daba por hecho que los anarquistas eran los culpables del lanzamiento de la bomba. La policía, al mando del capitán Michael Schaack, realizó una batida contra 50 supuestos “nidos” de anarquistas y socialistas y detuvo e interrogó de manera brutal a unas 300 personas.

El jefe de Policía Ebersold, hablando tres años más tarde sobre aquellos hechos, decía: “Schaack quería mantener la tensión. Deseaba encontrar bombas por todos lados... Y hay algo que no sabe el público. Una vez desarticuladas las células anarquistas, Schaack quiso que se organizasen de inmediato nuevos grupos... No quería que la "conspiración" pasase; deseaba seguir siendo importante a los ojos del público”.

La policía estaba más interesada en conseguir pruebas en contra de los detenidos que en localizar al que había arrojado la bomba. Se ofreció dinero y trabajo a cuantos se ofrecieron a testificar a favor del Estado.

Los locales sindicales, los diarios obreros y los domicilios de los dirigentes fueron allanados, salvajemente golpeados ellos y sus familiares, destruidos sus bibliotecas y enseres, escarnecidos y, finalmente, acusados en falso de ser ellos quienes habían confeccionado, transportado hasta la plaza de Haymarket y arrojado la bomba que desencadenó la feroz matanza. Ninguno de los cargos pudo ser probado, pero todo el poder del gran capital, su prensa y su justicia, se volcaron para aplicar una sanción ejemplar a quienes dirigían la agitación por la jornada de 8 horas. Spies, Parsons, Fielden, Fischer, Engel, Schwab, Lingg y Neebe pagaron con sus vidas, o la cárcel, el crimen de tratar de poner un límite horario a la explotación del trabajo humano.

El 11 de noviembre de 1887, un año y medio después de la gran huelga por las 8 horas, fueron ahorcados en la cárcel de Chicago los dirigentes anarquistas y socialistas August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel. Otro de ellos, Louis Lingg, se había suicidado el día anterior. La pena de Samuel Fielden y Michael Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, es decir, debían morir en la cárcel, y Oscar W. Neebe estaba condenado a quince años de trabajos forzados. El proceso había estremecido a Norteamérica y la injusta condena (sin probárseles ningún cargo) conmovió al mundo. Cuando Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron colgados, la indignación no pudo contenerse, y hubo manifestaciones en contra del capitalismo y de sus jueces en las principales ciudades del mundo. De allí empezó a celebrarse cada 1° de mayo el “Día Internacional de los Trabajadores”, conmemorando exactamente el inicio de la huelga por las 8 horas y no su aberrante epílogo. Pero fue el sacrificio de los héroes de Chicago el que grabó a fuego en la conciencia obrera aquella fecha inolvidable.

LOS HECHOS

Luego del enfrentamiento de huelguistas y esquiroles frente a la fábrica McCormik, la tarde del 3 de mayo de 1886 se reunió en Chicago el grupo socialista de trabajadores alemanes “Lehr und Wehr Verein” (Asociación de Estudio y Lucha). Con asistencia de Engel y Fischer, se acordó convocar un mitin de protesta en la plaza Haymarket, para el día siguiente por la tarde (4 de mayo). Fischer se entrevistó con Spies el día 4 por la mañana, comprometiéndolo a hablar en aquel mitin.

Parsons no estaba en la ciudad. Se hallaba en Cincinnati. Llegó el día 4 en la mañana a Chicago y, sin saber de la concentración, queriendo ayudar a su esposa en la organización de las costureras, convocó a una reunión en las oficinas del diario “Arbeiter Zeitung”. Al mismo lugar llegaron Fielden y Schwab, donde Parsons se presentó con su esposa mexicana, Lucy González, dos de sus hijos y miss Holmes, del gremio de las costureras.

Schwab partió a un mitin en Deering, donde estuvo hasta las diez y media de la noche. En ese momento vinieron a buscar a Parsons, porque en la plaza de Haymarket faltaban oradores en inglés, y fue éste con toda su familia. Hablaron allí Spies, Parsons y Fielden, que debía cerrar la manifestación.

Mientras continuaba hablando Fielden, Parsons fue al cercano local Zept Hall para protegerse de la lluvia, que empezaba a caer. Allí se encontraba ya Fischer. En la tribuna seguían Fielden, que era el orador, y Spies, cuando de pronto (según el testimonio del apóstol cubano José Martí, entonces corresponsal de prensa en los Estados Unidos) “se vio descender sobre sus cabezas, caracoleando por el aire, un hilo rojo. Tiembla la tierra, húndese el proyectil cuatro pies en su seno; caen rugiendo, uno sobre otros, los soldados de las dos primeras líneas; los gritos de un moribundo desgarran el aire”.

Esa bomba lanzada por mano anónima fue seguida del fusilamiento de la multitud por la policía, dejando a 38 obreros muertos y 115 heridos y puso en difícil situación a los dirigentes. Se hallaron (en palabras de Martí) “acusados de haber compuesto y ayudado a lanzar, cuando no lanzado, la bomba del tamaño de una naranja que tendió por tierra las filas delanteras de los policías, dejó a uno muerto, causó después la muerte de seis más y abrió en otros 50 heridas graves...”.

En la redada policial que siguió a la masacre (más de 300 detenidos en un día), bajo estado de sitio, toque de queda y ocupación militar de los barrios obreros, fueron aprehendidos Spies, Schwab y Fischer, en las oficinas del “Arbeiter Zeitung”, esa misma noche. A Fielden, herido, lo sacaron de su casa. A Engel y Neebe, de sus casas también. Lingg fue apresado en su buhardilla, luego de enfrentarse a bofetadas con los policías que lo iban a detener. Le hallaron bombas. Parsons logró escapar, pero se presentó voluntariamente al Tribunal, al iniciarse el proceso, para compartir la suerte de sus compañeros.

EL PROCESO

El 17 de mayo de 1886 se reunió el Tribunal Especial, ante el cual comparecieron: August Spies, 31 años, periodista y director del “Arbeiter Zeitung”; Michael Schwab, 33 años, tipógrafo y encuadernador; Oscar W. Neebe, 36 años, vendedor, anarquista; Adolf Fischer, 30 años, periodista; Louis Lingg, 22 años, carpintero; George Engel, 50 años, tipógrafo y periodista; Samuel Fielden, 39 años, pastor metodista y obrero textil; Albert Parsons, 38 años, veterano de la guerra de secesión, ex candidato a la Presidencia de los Estados Unidos por los grupos socialistas, periodista; Rodolfo Schnaubelt, cuñado de Schwab, y los traidores William Selinger, Waller y Scharader, ex integrantes del movimiento obrero que testificaron en falso contra quienes llamaban “camaradas” y cuyo perjurio fue posteriormente comprobado, cuando ya sus declaraciones habían sido acogidas por el Tribunal y ahorcados cuatro de los acusados.

El 21 de junio de 1886 se procedió al examen de jurados entre 981 candidatos, ante el juez Joseph E. Gary, que debía seleccionar a 12 de ellos. 5 ó 6 obreros, que se presentaron como posibles jurados, fueron recusados por el ministerio público. Se admitió sólo a los individuos que daban garantías de sustentar prejuicios antisocialistas o antianarquistas, predispuestos con anticipación contra los detenidos, a quienes se acusó formalmente de “conspiración de homicidio”, por la muerte del policía Mathias Degan, alcanzado por la bomba, y por otros 69 cargos. 5 de los acusados habían nacido en Alemania y uno en Inglaterra, lo que estimulaba las acusaciones contra la “inspiración foránea” de la agitación obrera.

En realidad; siguiendo el testimonio de Martí, se los procesaba “por explicar en la prensa y en la tribuna las doctrinas cuya propaganda les permitía la ley. En Nueva York, entre tanto, los culpables en un caso de incitación directa a la rebeldía habían sido castigados ¡con doce meses de cárcel y 250 dólares de multa!”.

Nada se decía en la acusación de la huelga nacional por la jornada de 8 horas, y menos de las condiciones de vida que sufrían los obreros en los Estados Unidos. Los acusadores estaban obsesionados por “la conspiración de la dinamita”, y aseguraban que Schnaubelt (cuñado de Schwab) había arrojado la bomba en Haymarket, que Spies y Fischer le habían ayudado en esa tarea, que Lingg la habría fabricado y transportado hasta la plaza...

Después de 22 días de examen de candidatos, el Gran Jurado estuvo dispuesto para la vista de la causa. Entre tanto, el alguacil especial Henry Rice se jactaba ante sus amigos, como se supo posteriormente, de que él mismo se había encargado de prepararlo todo para que formasen parte del Jurado sólo hombres declaradamente adversos a los acusados y éstos no escaparan así de la horca.

El 15 de julio de 1886, el fiscal Grinnell, como representante del Estado de Illinois, empezó la acusación por los delitos de conspiración y asesinato de policías, prometiendo probar en el juicio quién había arrojado la bomba en la plaza Haymarket. Fundaba la acusación en que los procesados pertenecían a una “asociación secreta” que se proponía hacer la revolución social y destruir el orden establecido, empleando la dinamita para ello.

El 1º de mayo (según Grinnell) era el día señalado para iniciar la subversión, “pero causas imprevistas lo impidieron”. Así quedó aplazada, decía, para el 4 de mayo en la plaza de Haymarket. El plan revolucionario, dijo el fiscal, había sido preparado por August Spies, pero no sólo eso, también éste había encendido la mecha de la bomba, antes de que la lanzara Schnaubelt sobre los policías. Seguía el fiscal: “La vasta conspiración es obra de la Internacional. Los miembros de dicha asociación se dedican, unos a la propaganda, otros a la fabricación de bombas y otros a entrenar en el manejo de las armas a sus afiliados”.

Demostró Grinnell que todos los acusados eran anarquistas o socialistas, lo que ellos reconocieron de buen grado, pero no pudo probar su participación directa en el delito que les imputaba.

Los testigos utilizados por la acusación eran el capitán de Policía Bonfield, que ordenó disparar contra la multitud en Haymarket, y los ex anarquistas Waller, Schrader y Selinger, que declararon contra sus antiguos camaradas, pagados o coaccionados por la policía: Waller aseguraba que sí existió conspiración, pero se confundió ante las miradas de los que lo habían considerado un compañero, y entonces el fiscal interrogó a Schrader. Pero éste, “más cobarde que vil”, titubeó tanto, su declaración se hizo tan contradictoria y torpe, que el procurador del Estado gritó a la defensa: “Llevaos este testigo: no es nuestro, es vuestro”.

El testigo Gillmer dijo que vio a Schnaubelt (cuñado de Schwab) arrojar la bomba ayudado por Fischer y Spies, pero se probó que Fischer estaba en ese momento fuera de la plaza, en el Zept Hall, y Spies en la tribuna de oradores, y que Schnaubelt estaba en un sitio de la plaza distinto al lugar desde donde fue arrojada la bomba.

Para probar la existencia de una “conspiración”, el fiscal recurrió a la prensa anarquista, presentando fragmentos de artículos y reproducción de discursos de los procesados, muy anteriores a los sucesos materia de juicio. Las citas eran amañadas y absolutamente fuera de contexto, pero se leyeron de manera melodramática ante los jurados, y se exaltaron las pasiones de los mismos exhibiéndoles bombas reales, armas, dinamita y hasta uniformes ensangrentados de los policías heridos en Haymarket. Pero no se demostró judicialmente ninguna relación concreta entre la bomba arrojada allí y los procesados.

José Martí dijo expresamente en su crónica de los sucesos: “No se pudo probar que los ocho acusados del asesinato del policía Degan hubieran preparado ni encubierto siquiera una conspiración que rematase con su muerte. Los testigos fueron los policías mismos, y cuatro anarquistas comprados, uno de ellos confeso de perjurio. Lingg mismo, cuyas bombas eran semejantes, como se vio por el casquete, a la de Haymarket, estaba, según el proceso, lejos de la catástrofe. Parsons, contento de su discurso (ya pronunciado), contemplaba la multitud desde un lugar vecino. El perjuro fue quien dijo, y desdijo luego, que vio a Spies encender el fósforo con que se prendió la mecha de la bomba, que Ling "cargó con otro hasta un rincón cercano a la plaza en un baúl de cuero", que la tarde de los seis muertos en McCormik acordaron los anarquistas, a petición de Engel, armarse para resistir nuevos ataques. Que Spies estuvo un instante en el lugar en que se tomó el acuerdo. Que en su despacho había bombas, y en una u otra casa, "Manuales de guerra revolucionaria". Lo que sí se probó con plena prueba fue que, según todos los testigos adversos, el que arrojó la bomba era un desconocido”.

La defensa acusó al capitán Bonfield, a cargo de la Policía en Haymarket, de estar pagado por la “Citizens Association”, una “organización burguesa de conspiradores capitalistas”, que venía buscando el momento para descabezar el movimiento obrero en Chicago. Spies llegó a decir: “Somos acusados de conspiración por los verdaderos conspiradores y sus instrumentos... Si no se hubiera arrojado esa bomba, igual habría hoy centenares de viudas y de huérfanos... Bonfield, el hombre que haría avergonzar a los héroes de la noche de San Bartolomé, el ilustre Bonfield que habría prestado innegables servicios a Doré como modelo para los demonios de Dante, Bonfield era el hombre capaz de llevar a la práctica la conspiración de la "Citizens Association" de nuestros patricios”.